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diciembre 07, 2017

🗻Aconcagua 👏🏻


Para hablar de Aconcagua, podría empezar diciendo lo siguiente:

Es un parque nacional en la Provincia de Mendoza en la República Argentina, el cual tiene como principal atractivo la montaña más alta del mundo fuera de los Himalayas, con casi 7.000 metros sobre el nivel del mar (6.962 para ser exacto). Está ubicado a unos pocos kilómetros de la frontera con Chile, ese paso inhóspito y en las entrañas de la Cordillera de los Andes, tan hostil como impresionante. Los senderos y paisajes que dejan marca en todo viajero comienzan mucho antes del parque en sí, ya que, desde las curvas que llevan al paso de los Libertadores, Los Andes parecen tragarnos y arrastrarnos a lo más profundo de sí.


Sin embargo, me gustaría detenerme en unas pocas cosas. La primera, es la inmensidad. Cuando me sumergía en ese océano de rocas y cumbres nevadas, solamente venían a mi mente palabras como vasto, inmenso y eterno. Y es que eso evoca ese escenario. Al internarnos en la quebrada del Matienzo, un valle colindante al Aconcagua, realmente sentí que caminaba sobre las nubes. Me sentí pequeño. Minúsculo. Los cerros nos rodeaban como vigías mudos, observadores. Siempre presentes. Los cerros, que, durante los años, lo han visto todo. El blanco paisaje estaba envuelto en un silencio fruto de la fusión del agua que bajaba por la quebrada, y el viento helado que no dejaba rincón sin visitar. Ese silencio contaba una historia. Un relato milenario de rocas, nieve y viento, que susurraba ferozmente que ellos habían llegado mucho antes que nosotros, y dejarían de estar mucho después de nuestra partida. Ese relato ancestral no conoce de fronteras ni de banderas, pues la roca es una sola.


Una vez en el parque Aconcagua, hay diversos senderos. Pero todos, en definitiva, llevan al cerro. El Aconcagua, que en lengua quechua significa Guardián de Piedra, nos mira. Omnipresente y majestuoso, su cumbre recargada nos marca el camino. Y algo que me impactó es que el camino cambia a cada hora. La luz es quizá lo más impactante. Las montañas y el valle… hace miles de años que están ahí. Inmóviles. Sin embargo, siempre están cambiando. La roca cobra vida con cada rayo de luz, y con cada sombra nos muestra sus distintas caras. Entonces me di cuenta, que puedo ir mil veces a recorrer esos caminos, y siempre me sorprenderé con algo nuevo. La roca es siempre la misma, y siempre es distinta.

Tomás Restrepo. Octubre 2017.


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